
El éxito consiste en que lo que se presenta sea acogido en el tono que el autor o autora pretende, si es que pretende algo. Como en la vida, el éxito es encontrar los y las interlocutoras perfectas. Aquellas con las que intercambiar opiniones o pensamientos o sensaciones sobre lo que sucede dentro o fuera de nosotras mismas y ser recibidas de esa manera acogedora, prácticamente refugio.
Nos han calentado tanto los cascos con el éxito que vale cualquier cosa para conseguirlo. Eso parece. O al menos esto es lo que queda después de horas y horas de televisión.
Últimamente he llegado a la conclusión de que el éxito consiste en ser feliz. En estar a gusto con lo que una hace. En seguir haciéndolo. En reírse y pasarlo bien. Y si se puede llegar a más personas para que esto se contagie, mucho mejor. Hay que repartir. Una solo tiene lo que puede dar, eso decía la maestra Martín Gaite que Dios la tenga en su gloria que yo la tengo en la mía.
Ahora sale la placenta con su desolación trasera. Deja un hueco grande detrás. Son muchos días de ensayos, de cafés, de risas, de silencio, de compartir el día a día. Y eso cuesta de remontar. Por si acaso la quiere, le voy a enviar la placenta a Tom Cruise, para que se la coma, que tiene no sé qué propiedades que a mí no me hacen falta.
Abro la puerta de la terraza y se cuela el gris del día. El otoño se ha aposentado en el cielo, en las plantas y en el pulso de mis dedos que temblorosos echan de menos lo que han tenido.
Menos mal que yo sé que en la carrera hacia una misma lo más importante es no perderse en los laberintos de la ficción, aunque a veces entren ganas.







