miércoles 24 de junio de 2009

Títulos y titulares


En algún sitio escuché o leí que en los títulos de las obras debe contenerse todo lo que después, de una manera generosa, el autor o autora intenta explicar con mejor o peor fortuna. De ahí que haya diferencia entre la calidad de unas y de otras, que no valor. Y en este mundo intrépido y tan confuso en el que vivimos a veces sólo nos da tiempo de leer títulos y titulares, con lo cual es bien difícil hacerse una idea de lo que realmente pasa, si es que pasa, pero eso es otro asunto bien distinto. Personalmente apuesto porque pasa, pero como los filósofos y filósofas, que son los que realmente saben de esto, andan enzarzados entre el ser y la representación, pues claro, hay que investigar demasiado y precisamente de lo que hablo es de algo más simple.
Hay autores y autoras que lo primero que les viene a la cabeza es el título y otras y otros a los que les cuesta muchísimo. Eso es lo de menos, porque de una manera exacta o errónea se dicen cosas.
De todos modos, como le decían en el colegio al gran Rubianes, profundice, Rubianes, profundice, no se quede en las tapas. Y lo hizo, vaya si lo hizo. Pues eso, no vayamos a quedarnos en las tapas del Vicens Vives por ir de listos.
¿Cuánta basura nos llega y qué es lo que importa? Mejor dicho, ¿qué es lo que nos importa a cada uno de nosotros? A eso deberían enseñar en la escuela, entre otras cosas, claro, porque la regla de tres compuesta también sirve para la vida.
Pero disfrutemos de este San Juan y felicitemos a todos los juanes y a todas las juanas, a tots els joans i joannes, every johnnys and johanas, a os xoans e as xoanas y que me disculpen el resto porque no tengo don de lenguas.

lunes 8 de junio de 2009

Vida, literatura, carne, imaginación


Un día hablando de literatura con un buen amigo mío le dije que admiraba enormemente a Borges pero que me parecía la literatura de un lector, no la de un vividor. Entonces este buen amigo, lector donde los haya, dijo, tal vez Hemingway no tenga la excelencia de Borges pero hay páginas en algunas de sus novelas que Borges jamás podría escribir. A lo que atrevidamente añadí, con la impunidad que te concede una conversación anónima, es que Borges yo creo que ha follado poco. Y nos reímos, claro.
Entre las tres o cuatro lecturas que siempre llevo paralelamente y que voy combinando en este tiempo de reloj ajeno, ahora ando echándole un vistazo a ‘La puerta abierta’ de Peter Brook que es quien me ha recordado esta vieja conversación. ‘Uno puede ir a ver una obra muy banal con un tema mediocre que sea un gran éxito de público y taquilla en un teatro muy convencional y, en ocasiones, hallar en ella una chispa de vida muy superior a lo que ocurre cuando personas que han crecido con Brecht o Artaud, trabajando con grandes recursos, presentan un espectáculo que es culturalmente respetable, pero que carece de fascinación’, escribe Brook con milimétrica puntería.
Creo que el arte, en su expresión última y excelsa, debe contener una buena dosis de imperfección, puesto que la vida es imperfecta. El discurrir de los ríos de sangre debe sustituir a los ríos de tinta. En aras de la vida, el arte no debe ser imitación; por supuesto, pero hablo de eso. Apunto que el artificio está reñido con la vida que vivimos, aunque sin duda, y cada día más, la vida sea un trozo de plástico, pero hasta la representación de un trozo de plástico debe contener una verdad explorable.
Espero me disculpen aquellos y aquellas que saben mucho más que yo de estas cuestiones, simplemente me apetecía exponer algo a lo que le vengo dando vueltas desde los inicios y que, ahora, como siempre sucede, hay otros u otras que lo exponen de una manera clarividente dando volumen a lo ya pensado por una misma.
Bajar a la carne, he ahí la cuestión.
To be continued.

miércoles 27 de mayo de 2009

Llegar a ser quien eres


Goethe dijo: ‘llega a ser el que eres’. El reto primero es descubrir quién es uno y asumir, cual héroe griego, el destino que el ser tiene para la persona. Carlos Castilla del Pino, psiquiatra español de reconocido prestigio fallecido recientemente, defendía que el éxito en la vida es tener el valor de ser quien se es.
A veces nos asusta nuestra propia capacidad. Fumamos, nos drogamos de diferentes maneras, no sólo con sustancias ilegales, hay sustancias legales que son drogas contundentes, huimos de lo que duele y al reconocernos en el espejo no sabemos si besarnos o romper el espejo a riesgo de los siete años de mala suerte, todo para reducir nuestra potencia, nuestra capacidad, que siempre es mayor. Somos mucho más. Y menos. Es cuestión de atreverse y asumir el oráculo que llevamos dentro.
Se puede tocar el cielo. Se puede ser muy grande. Pero la tierra bajo los pies nos sustenta. Y ser pequeño nos hace resistentes.
Hay vidas que se iluminan durante una fase y luego se apagan para pasar desapercibidas. Hay vidas cuya misión es vivirse. Luego hay otras vidas que se entregan al bien común, probablemente son las más desagradecidas, únicamente reconocidas después de la muerte; ¿cuántas veces hemos visto eso? Y el olvido. Eso también. Aunque lo más importante es ser y después estar con nuestro ser en completo acuerdo. Y a partir de ahí la necesidad de reconocimiento es secundaria. Porque sabernos quienes somos nos llena y nos es suficiente.
Los chicos que saldrán al coliseo de Roma esta noche tengo la impresión de que saben quienes son como colectivo. Y ese señor elegante e inteligente que los dirige sólo hay que mirarlo para entender que se sabe. Si ganan o pierden es lo de menos. Porque van a estar ahí siendo. Eso es seguro.

martes 12 de mayo de 2009

Bernarda, Poncia y Mss Lovett


Admito que no había querido leer ni ver ninguna versión de ‘La casa de Bernara Alba’ por miedo a cambiar de opinión con respecto a ese gran poeta que considero que es Federico García Lorca. El argumento lo conocía, claro; los clásicos siempre nos llegan aunque no los leamos. Confieso: tenía miedo de ver en esa atmósfera represiva y asfixiante restos de misoginia –cada cual arrastra sus propios lastres y el hecho de que todas anden hasta las cejas de feniletilamina por Pepe el Romano me inquieta, como si toda la vida de una mujer girara entorno al caso y el sexo que un hombre le pueda hacer. Afortunadamente, la versión que presenta Lluís Pasqual en la Sala Petita del Teatre Nacional de Catalunya eleva la obra de Lorca al vuelo de esas aves mayestáticas que dominan el cielo con su enorme elegancia y cualquier sospecha queda aplastada por el peso del arte en mayúsculas.
Si me pongo grandilocuente –cosa que me gusta evitar pero hoy no lo voy a hacer– me atreveré a decir que cuando Bernarda Alba, o lo que es lo mismo en ese momento, la gran Nuria Espert dice aquello de ‘Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!’ no te queda otra que hincar las rodillas al suelo y alabar la divinidad del excelso acto que acabas de presenciar. Me pongo peligrosa a la hora de los adjetivos, me doy cuenta. Pero hay un grupo de actrices haciendo puro teatro en el Nacional y eso hay que decirlo. Las capitanean dos de las más grandes, y también hay que decirlo, gritarlo si es necesario. Nuria Espert y Rosa Maria Sardà. No quedan entradas, eso dicen, no me extraña. Recomendarla es poco. Y hasta aquí puedo leer, hincada.
Este es un país de grandes actrices. Ahí va otra. Otra inmensa donde las haya. Otra que es capaz de hacer cualquier cosa con la precisión del escalofrío y la inmensidad de la emoción. Otra que siempre que la he visto sobre un escenario estaba haciendo puro teatro. Vicky Peña. De nuevo Mss Lovett, la cómplice perfecta del vengativo barbero Sweeney Todd. Una gozada verla en el pellejo de esa miserable y divertidísima mequetrefe que ve en la venganza del atribulado Sweeney una manera de vivir lo que ella es sin tener que rendir cuentas a nadie. A destacar el resto del elenco encabezado por Joan Crosas y a las manos que dirigen el cotarro, los hermanos Gas. Un gran montaje. Uno de esos que la crisis amenaza con exterminar.
A los jugadores de fútbol cuando ganan la liga, se les hace el paseíllo, yo a la Espert, a la Sardà y a la Peña les haría una ola de diamante de más de tres metros de altura.

lunes 4 de mayo de 2009

Melancolía vampírica, melancolía humana


Me despierto empapada de la emoción de anoche. En mi retina interior aparecen Oskar y Eli, el niño y la niña vampiro protagonistas de ‘Déjame entrar’, película sueca dirigida por Thomas Alfredson cuyo guión es del autor de la novela en la que se basa la historia, John Ajvide Lindqvist.
Su poética brutal circula por mi adn de manera sobrehumana. La transparencia del amor puro, total, hiriente por su naturaleza única, lo sienta quien lo sienta, vampiro, monstruo o niño acosado, la llevo en el paladar, en la boca del estómago. Y cada cosa que mastico, ingiero o respiro me devuelve la historia de estos dos niños solitarios, perdidos, tan necesitados de la única cosa que nos salva y nos hace eternos: el amor compartido.
- Oskar, no soy una niña - dice ese ser rendido a la pureza del ser humano intacto.
Y Oskar, la encarnación de la inocencia que el mundo quiere destruir, le contesta que él quiere ir en serio igualmente. Su amor está por encima de lo que esa niña inquietante y misteriosa, que siempre está fría y desprende un olor raro pueda ser. Y por otro lado, esa necesidad de que alguien lo vea como todos los que estamos sentados en las butacas lo vemos es tal que la entrega es inevitable. Son dos seres sufrientes en busca de paz y comprensión.
La belleza de esta película escandinava es tal que sangra. No creo que pueda volver a verla, pero tampoco creo que la olvide nunca.
Cierro los ojos y todavía puedo conmoverme hasta el estremecimiento.

lunes 20 de abril de 2009

Molts records per a Txèkhov












Chejov, su obra y su vida son fuentes inagotables de creatividad. Un derroche generoso de inspiración para todos aquellos y aquellas que nos animamos a desafiar el vértigo del blanco combinado con la palabra, con la imagen, con el movimiento, con el arte, en fin. No recuerdo haber visto ni leído nada que tenga que ver o que sea deudor de Chejov que no me haya gustado; igual es que lo he olvidado por malo, también podría ser. Aún así creo que los descendientes artísticos de Chejov llevan su luz y su emoción por dónde quiera que van. Puedo recordar momentos brillantes, momentos emocionantes que he vivido con estos hijos creativos del gran dramaturgo ruso: ‘Espía a una mujer que se mata’ de Daniel Veronese, ‘Tres rosas amarillas’ de Carver o Ni Jujrí Mujrí (‘No és fácil de dir’) de Eva Hibernia.
El sábado por la noche otro de los descendientes creativos del padre Chéjov me volvió a proporcionar momentos de intensidad dignos de destacar. Hablo de ‘Molts records per a Ivanov’ de Pep Tosar y Albert Tola, mi querido Albert. Un hombre que ha perdido la fe en la vida, la fe en la palabra, la fe en el arte, un intelectual que ve cómo la amenaza de esta sociedad que considera vacía, con la que ya no tiene nada que ver, le aleja de sus antiguos anhelos, de sus antiguos compromisos, porque ya no hay compromiso. Y este Ivan mallorquín, cuyas manos se han vuelto estériles, tiene que hacer frente a la enfermedad, el deterioro y la muerte de su mujer Anna mientras los recuerdos de su vida conjunta se van agolpando en las sienes de la memoria.
‘Molts records per a Ivanov’ enviste al espectador desde la fuerza y la herencia chejoviana no exenta de una contextualización personal de los dos creadores (Tosar y Tola) en la que arremeten contra una sociedad que parece no dar cabida ni oportunidad para aquellos que disienten de la norma. Con un ritmo reposado a la vez que ágil, la historia de esta pareja que vivió la magia de la complicidad intelectual, la pasión del amor eléctrico y la potencia de una juventud exultante que impregna de nostalgia chejoviana todo el montaje (sobresale la escena en la que se recrea el reencuentro de Trigorin y Nina de ‘La gaviota’ a través de Nico y Saixa), ‘Molts records per a Ivanov’ nos propone un drama muy bien dibujado con unas interpretaciones maravillosas encabezadas por el propio Tosar, Lina Lambert y Blai Llopis a las que no le van a la zaga el candor y la luz que ofrecen los jóvenes Laura Aubert y Xavi Frau.
Gràcies Txèkhov.

Círcol Maldà, Pi, 5. (Escala cinemes Maldà - Metro Liceu)

jueves 9 de abril de 2009

La cuestión, reflexión 'in progress'


La cuestión es que el ser humano como colectivo no está preparado para la felicidad; para el equilibrio y la paz que es lo que yo entiendo por felicidad. Si lo estuviera no necesitaría guerras, asesinatos, torturas, sometimientos, violaciones y demás degradaciones a las que somete a sus semejantes. Resulta curioso observar cómo el impulso superviviente lucha contra el impulso autodestructivo. De momento, gana el superviviente. O lo que es lo mismo, el bien relativo. Porque el bien es un concepto moral así como el mal. Pero si se quiere despojar el asunto de sus connotaciones morales no tenemos más que acercarnos a conceptos como supervivencia y autodestrucción. Y sí, en el camino de la supervivencia se utiliza la destrucción. No se necesitaría una supervivencia si el ser humano no se tuviera que imponer al entorno y a sus propios instintos autodestructivos y a los de sus semejantes que, por una razón o por otra, intentan imponer sus modelos vitales, de sociedad y/o religiosos. En ambas valoraciones, la crueldad está presente, por desgracia.
La aspiración última del ser humano, aparte de la supervivencia en la forma en que se consiga mantener la esencia humana, habría de ser el equilibrio, la paz entre los seres humanos, la felicidad, en fin.
Sin embargo mientras haya proselitismo, impere la voluntad de sometimiento tanto ideológica y/o física, esa felicidad que torpemente trato de describir se hace difícil de vislumbrar. ¿Quiere esto decir que todo el mundo es libre de hacer lo que le de la gana? No. Quiere decir que puede pensar lo que le de la gana, pero hacer no, en el hacer debe haber unas leyes básicas que imperen en el orden que guarde esa felicidad, ese equilibrio y esa paz. ¿La felicidad puede implicar monotonía, repetición y aburrimiento? Puede, pero las personas somos capaces de poner sobre la mesa la inventiva, el ocio, el entretenimiento, la lucha pacífica.
El campo de la ficción puede reservarse para el campo del pensamiento. El campo de lo que entendemos por realidad y que por una razón extraña parecemos coincidir todos y todas en cuanto a que nos relacionamos con el entorno a través del reconocimiento en palabras diferentes pero equivalentes debiera pertenecer al ámbito de los hechos, hechos que preserven la vida, el respeto y la comprensión y destierren la autodestrucción, la maldad (entendida como destrucción, aniquilamiento y/o autodestrucción), la violación de la dignidad de la persona en cualquier supuesto y la tortura. El campo de la realidad, ese en el que sentimos dolor, alegría, amor y otros sentimientos que nos erigen como personas, guarda relación con el campo de los hechos. Si queremos preservar un equilibrio, el respeto hacia la vida y el respeto a la discrepancia de pensamiento debiera prevalecer, ser natural. Cuando hablo de destrucción y/o autodestrucción me refiero a la responsabilidad colectiva en cuanto que somos y nos relacionamos como sociedades, no a las decisiones que atañen al individuo y que no ponen en riesgo la supervivencia del ser humano, del colectivo, de la sociedad en la que nos agrupamos.
Y creo firmemente que hacemos lo que podemos, pero también creo firmemente que podemos hacer más, crear más, ser más, divertirnos más y así eludir las tentaciones que todo ser humano tiene en cuanto a destrucción, autodestrucción y/o aniquilamiento.
Otro día hablamos del amor, que no se me olvida que es uno de los grandes motores de la vida humana.